The Wednesday Review, Semana 15, Volumen 1

Últimamente se ha puesto muy de moda los videos de tipo ‘rage-bait’, cuyo significado prácticamente es que van a inducirte al enojo. ¿Y por qué? Por la interacción y el rating.
Hubo un tiempo hace unos años en el que tuve que eliminar Twitter porque cada vez que entraba, salía yo con un coraje de aquellos, y un día me detuve y me pregunté “¿por qué me hago esto?”, y la verdad es que tengo certeza de que alguna vez todos nos hemos preguntado esto, ya sea con el enojo, o con la tristeza, o con el miedo.
¿Por qué buscamos provocarnos ciertas emociones?, o peor aún, ¿por qué dejamos que otros nos provoquen ciertas emociones para beneficio de ellos?
Me parece que hoy en día existe un mercado de las emociones, en el que estas están al alza y la baja según lo que se le ocurra a los creadores de contenido o los hábitos que formemos.
Créanme que esta columna no es un rage-bait sobre el rage-bait, pero sin duda me parece importante hablar de ello.
¿Cuántas veces en las películas o series sobre la televisión no hemos visto la explicación de que se ocupan vender las emociones? “Las audiencias quieren ver sufrimiento”.
Ya en “El Manantial” de Ayn Rand, novela de 1943, se habla sobre como los periódicos prefieren dar espacio a noticias negativas, porque las emociones que provocan con los lectores generaban más ventas y los hacía más pendientes de las publicaciones.
No hay que olvidar que en sí, el amarillismo viene de la competencia entre Pulitzer y Hearst por ver quien vendía más periódicos, por lo que había que atrapar a los transeúntes con titulares impactantes.
De igual forma, en los programas de talentos y concursos es muy común escuchar a gente quejándose porque X o Y participante ganó “por lástima”, (como el famoso rage-bait en La Academia por la participación de Jolette).
Y he ahí aquí el meollo del asunto: no nos damos cuenta la forma en la que los contenidos que consumimos hacen fluctuar nuestras emociones.
Basta ver las noticias por media hora para darse cuenta de que el país no tiene futuro, y esta aseveración se repite en casi todos los países del mundo. Desde México hasta el Reino Unido, todas las noticias gritan que al país le va mal, y el gremio de académicos y eminencias de los comentarios de Facebook y Twitter se lanzan a una batalla de explicaciones y acusaciones.
Todos acabamos molestos, adoloridos, y al final, ¿quién gana?
Los medios y sus interacciones digitales.
Los precios mundiales del petróleo, del gas, de las criptomonedas, etcétera, etcétera, son valores capaces de redefinir el panorama económico mundial de un día al otro, y las emociones también deberían entrar ahí.
Las caídas de empresas o las ventas de acciones son impulsadas “por el miedo de los inversionistas”, ¿y de dónde viene ese miedo? ¿quiénes son los inversionistas? ¿quién invierte en nuestras emociones?
Me gustaría ver una cintilla como las de las bolsas de valores, en las que se pudieran ver que tipos de emociones lideran los contenidos y los medios cada día.
Porque aquí viene otra cosa, seguramente alguien ya está pensando en el contrargumento de “no todos los contenidos pueden ser felices o positivos, tiene que haber lugar para todas las emociones”, y esto es correcto.
Los cuadros tormentosos, las canciones de desamor, las películas de terror y todo este tipo de muestras tienen la función de que nos generan algo que conecta con nosotros. Encontrar ese vinculo con una pieza que dice lo que nosotros no sabemos cómo decir; que sienten lo mismo que nosotros, es mágico, pero la clave está ahí: es conectar, no inducir.
Cuando sentimos enojo al ver que el villano de la película viene otra vez a por el protagonista, es conexión; conectamos con los personajes, nos sentimos identificados de una u otra forma, y de ahí nace esa empatía.
La empatía no vendrá de un video soso de una pareja que intencionalmente remodela mal un baño, para que todo el mundo dejé su comentario de “que mal lo hacen!!!” y ellos tranquilos monetizando con las interacciones.
Lo mismo con la tristeza, y el desamor. Las dating apps son una industria que se alimenta de la soledad de las personas, y no hay una dating app que esté “hecha para borrarse”, de la misma forma que las bombillas eléctricas no duran para siempre, porque si lo hicieran se les acaba el negocio.
Los tiktoks y reels de parejas o personas presumiendo sus lujos son otra fuente de inversión en la tristeza y el enojo muy interesantes, la gran mayoría de los comentarios son personas escribiendo “Siempre espectador, nunca protagonista”, y más frases derivadas.
¿Vale la pena? ¿Vale la pena exponerte a ti y a tus cercanos por el fin de reconocimiento? Y aparte, un reconocimiento muy vacío, que viene desde la carencia y hasta cierto punto, la envidia.
Yo creo firmemente en el poder de la energía, y honestamente, no veo el atractivo en hacerte viral provocando una emoción negativa en las personas. ¿Qué puedes sacar de beneficioso con que la gente te comente cosas enojadas o envidiosas? ¿En qué precio valoras tu energía?
Y lo mismo para los espectadores, ¿en qué precio valoran su energía y su bienestar?
Estar viendo cosas que nos hacen sentir menos, o que nos hacen ver carencias, o que nos hacen “soñar con cosas que no tenemos” no nos va a llevar a ningún lado y solo nos va a tener ahí, enganchados, comprando y comprando periódicos.
La clave para influir en el mercado de valores es entrar y actuar. Decidir a que poner dinero y a que no. La clave para influir en nuestra valoración personal es decidir a que ponerle nuestra atención y a que no.
No digo que nos abstengamos de todo el contenido banal, pero simplemente reconocer que no todo el contenido vale la pena verlo. E incluso, cabría una invitación a crear el contenido de valor que queremos ver.
Hay que evitar perder de vista que nosotros tenemos el control, no toma más que un deslizar hacia arriba para ver otra cosa, y como se mencionó en la columna anterior, detener un impulso es controlar el tiempo.
Si detenemos ese impulso de seguir viendo algo que nos provoca algo que no queremos, si le quitamos ese poder a los demás, el poder de influenciar nuestras emociones, entonces estaremos más fuertes y mejor plantados para lo que venga.
A reveure.


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