The Wednesday Review, Semana 17, Volumen 1

Afuera, la ciudad es un caos. Las calles se abren y cierran, algunas, como Vasconcelos, terminan abruptamente ante un muro de rocas y plantas. Los edificios bajan para que otros suban en su lugar. Progreso, tiempo y forma.
En las sombras, tras las grúas de construcción y las banquetas obstruidas por las obras, los edificios más antiguos hablan en un lenguaje que se está perdiendo, hoy en día solo queda un murmullo, un silencioso susurro que carga con la historia de las calles en las que se encuentran, hablando sólo para aquellos que tienen el oído para escucharlos y los ojos para notarlo.
Mariajose Echeverría ha escuchado esta historia, la ha visto desde que llegó a Monterrey, y ahora, en su proyecto más actual, busca rendir homenaje a esta identidad arquitectónica que se hunde entre el mar de oficinas y departamentos.
Adentro, la ciudad no se percibe. En un espacio lleno de color, luz natural y formas que van y vienen, uno puede sentir el murmullo visual del trabajo de Mariajose, esculturas que hablan por sí mismas, cargando con ellas (como en el caso de las piezas ornamentales) la historia del Obispado y la antigua arquitectura de la ciudad.
Pero la historia no inicia aquí. Se remonta a Piedras Negras, la ciudad donde nació y donde, de niña, disfrutaba dibujar y reorganizar los muebles de su habitación. Esos primeros ejercicios la condujeron a elegir la arquitectura como la carrera que mejor conectaba con sus intereses y que, con el tiempo, la llevó a Monterrey, y años más tarde, en un taller en Museo Marco, fue cuando sintió por primera vez la conexión y la presencia del material en la escultura, una experiencia que regresaría más tarde, con sus primeras experimentaciones, las cuales son piezas que van incrementando su tamaño.
“Fue una procesión, y dije ‘si puedo con esta, puedo con esta otra’ […] Fue también darme cuenta de que sí podía, y tenía bocetos que empecé a hacer realidad. Sentí mucha capacidad. Me sentí muy iluminada.”

No se puede ignorar el camino que se abre en estas piezas, la más pequeña da entrada a una más grande, y en esta sucesión de formas se va notando también una sucesión de habilidades y maestría, las cuales se enfrentan a volúmenes que incrementan su tamaño y su peso, casi como si las propias esculturas le pidiesen más atención y más espacio.
Algo que queda lejos de las macetas con las que empezó a descubrir esta disciplina. La función sobre la forma, como es el tradicional dilema en la arquitectura. Las macetas que realizaba al inicio de su carrera, tal y como las plantas que empiezan a crecer por si mismas, comenzaron a tomar otras formas, otras funciones. Fueron las semillas de las que saldrían las formas orgánicas, las piezas ornamentales y la pasión por crear.
La raíz siempre estuvo en la arquitectura, en una creación que no se opone al cálculo y la ciencia, sino que la necesita para poder existir, así como se necesitan para la gran tarea que es realizar las mezclas de arcilla para modelar.
“Una cosa es la ejecución de la pieza, pero otra la preparación de todo el proceso de la pasta y los bocetos. Es muy difícil llevar un control del tiempo [que lleva hacer cada pieza].”
Saber hacer una pasta es como saber hablar varios idiomas, entender el tiempo, el calor, los ingredientes y la forma en la que se relacionan, porque además de la mezcla, es necesario superar las pruebas de deformación y contracción. Se trata entonces no solo de que la idea resista la creación, sino que la creación resista a la idea.

La experiencia y la experimentación son fundamentales, pero también un ojo atento al detalle, que no solo está al pendiente de la elaboración, sino que también está atento para encontrar influencias en el mundo que nos rodea. Para Mariajose, la principal inspiración viene de la pintura, en particular Dalí, Yves Tanguy y Max Ernst, un diálogo entre la abstracción y el surrealismo, con volúmenes desafiantes que parecen hablar su propio idioma, un lenguaje muy cercano al de sus propias piezas, en las que busca que cada una de ellas sea capaz de hablar por sí misma, que dialogue con el espectador sin la necesidad de la traducción de un texto de sala.
¿De qué hablan estas piezas? Dialogan en un lenguaje único. Uno con acentos de matemática, como las colecciones de los pétalos, cuya naturaleza se traslada entre nefroides, cardioides y cuatrifolios. Mientras que otras se acercan al rescate de la identidad arquitectónica, como su proyecto más reciente, que busca trasladar los ornamentos de la arquitectura de finales del siglo XIX de Monterrey, remanentes de una arquitectura que se preocupa por la identidad y lo visual, algo que se está perdiendo ante la supuesta idea de progreso.
“La arquitectura ha perdido mucho el espíritu, en el aspecto de que la podríamos usar para expresar mucho y ahora se siente muy austera.”
Las esculturas de Mariajose Echeverría son una manera de enmendar la arquitectura con el arte, la función con el ornamento, y así mismo, enmendar su accidentada trayectoria por la arquitectura con su pieza “¿Cuál jaula de oro?”, en la que plasma frases y prácticas negativas que se repiten dentro del gremio.



Una jaula de oro que también asemeja la de la falsa identidad, la constante búsqueda por encontrar algo que defina al noreste, algo que “solo sea de aquí”, sin tener en cuenta que no hay nada verdaderamente ‘puro’, sino que todo es resultado de una mezcla de influencias que evolucionan a lo largo del tiempo.
“No puedes decir que una sola cosa es propia del lugar, todo es una mezcla y si eres orgulloso de ser del norte, entonces eres orgulloso de ser de todos lados, porque el norte no existe en un vacío.”
La arquitectura del noreste trae influencia de la española, y la española de la islámica, la cual confluyó con la griega y la romana, y así se puede continuar hasta el origen del tiempo, como la voluta que se encuentra dentro del cadioide, una forma que refleja el paso del tiempo, y una que resuena mucho en su trabajo.
La obra de Mariajose Echeverría es una que nace de un largo proceso, de ideas que se han pensado y reflexionado, y de una forma que está en constante evolución, pero siempre se mantiene auténtica. Las bases en la arquitectura se perciben, pero ya han mutado para ser su propia identidad, una exploración de la forma y el color que resulta refrescante en una disciplina que suele inclinarse por lo figurativo y la figura humana.
Tal y como ella lo explica: “La vocación se encuentra con los años y dándote cuenta dónde quieres estar y qué realmente quieres hacer.”
La escultura es su vocación, pero también su presencia, una que está detrás de la arcilla, los colores y la forma de dialogar el espacio.
(El trabajo de Mariajose Echeverría está disponible en su instagram @mariajose_ech)



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