El arte de observar

The Wednesday Review, Semana 7, Volumen 1

Collage de Andrés Tsèz para The Wednesday Review

Parte de las motivaciones que tuve para iniciar el TWR es el arte de observar. Me encanta. Observar el mundo, a la gente, a los sucesos. A veces el mundo es como una película gigante, que en realidad no genera mucha sorpresa dado que todas las ficciones, en una mayor o menor medida, vienen de la realidad.

Aún recuerdo, cuando era niño, que un día me hizo mucha ‘gracia’ una secuencia en las noticias, primero, que en Egipto un tanque aplastó un coche bomba, todo para acto seguido cortar la imagen y poner una en la que ‘México rompe el récord de la torta más grande del mundo’ y se veía a gente riendo y partiendo la monumental torta.

La dualidad del mundo, y de la vida que lo habita. Vida y muerte. Celebración y duelo. Y aún así el mundo sigue girando.

Observar es un arte, porque implica cierto sentido de desprendimiento.

Hace varios años vi una entrevista a una presentadora de noticias, cuyo nombre no recuerdo, pero lo que sí recuerdo es que comentó que cuando uno trabajaba en dicho medio, aprendía a hacer un escudo en el que las noticias dejaban de afectarle mientras estuviera frente a la cámara.

Algo así es el arte de observar.

Para observar uno tiene que tomar distancia. No se puede ver algo que tenemos pegado al ojo. Todo acto de observación tiene que llevar un desprendimiento.

Próximamente hablaré de la causa de los documentales, pero la magia de estos está en retratar el mundo, jugar con la realidad, no para crear una ficción, sino para crear una realidad dentro de la realidad.

Una de mis películas favoritas, que más bien es un documental, es Koyaanisqatsi, cuyo título significa literalmente “vida fuera de orden” en lengua hopi. Parte de cómo la película fue comercializada fue bajo el eslogan “Hasta ahora no has visto el mundo en el que vives”.

Para quien no ha visto Koyaanisqatsi, diría que la forma más fácil de resumirla no es como un documental, sino como una experiencia. Mera observación y sensación.

A lo largo de toda la cinta, no hay narraciones ni voces. Muy de vez en cuando unas voces que cantan una sola palabra: Koyaanisqatsi.

Imágenes de personas, ciudades, parques nacionales y desastres, se entrelazan creando lo que yo considero es un homenaje a la vida misma, con lo bueno y con lo malo.

Hay varias personas que se preguntan qué objetivo puede tener un documental así, sin narraciones ni narrativas fijas, pero me parece que la clave es una palabra que ya dije mucho: observación.

En un mundo tan estimulante como el que tenemos ahora, en el que resulta más difícil concentrarse con el bombardeo constante de videos, música, publicidad y noticias, me parece que detenerse a ver el mundo es una experiencia imprescindible.

E inclusive, la distancia que nos separa de Koyaanisqatsi, estrenada en 1982, nos invita a reflexionar del mundo que tuvimos, el que tenemos, y peor o mejor aún, el que vamos a tener.

Observar el mundo implica apartarse un poco de él, pero no quedarse fuera, porque eventualmente tenemos que hacer algo con lo que observemos.

Definir si el mundo que vendrá será mejor o peor depende de como decidamos actuar.

Cambiar las cosas siempre se ve como un hito monumental, esperar ese momento preciso, pero creo que la vida ha demostrado que no hay tal cosa como un momento.

Siempre está la puerta abierta a cambiar las cosas, todo depende de si la cruzamos o no.

Ya Sócrates lo dijo cuando el mundo era joven: Una vida sin examinar no vale la pena vivirla.

Hay que avanzar, y observar. Hacer, y observar. Decidir y observar.

Toda acción lleva una reacción, pero para mí, la reacción primordial es observar, analizar, entender que estamos haciendo y cómo podemos acercarnos más a lo que buscamos.

Yo creo en un mundo mejor, pero para saber como llegar a él, lo primero es observar.

A reveure.

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