The Wednesday Review, Semana 3, Volumen 1

Antes de comenzar este TWR, me gustaría comentar dos sucesos que pasaron aproximadamente a dos semanas uno de otro. El primero fue que compré un bonsái. El segundo fue que encontré la colección de aviones con las que jugaba cuando era niño.
¿Qué tienen que ver estos dos eventos? ¿Por qué los saco a relucir? Pues la verdad es que no lo sé, pero hay algo en la naturaleza del crecimiento y la perdida que me parece fascinante.
Cuando era pequeño, un tío me regaló un bonsái. Todavía recuerdo las palabras que me dijo “Te regalo este bonsái porque sé que ahora eres un niño grande y responsable y lo vas a cuidar”. Mientras esto era motivante, lo que no tenía contemplado es el quite exorbitant calor de Monterrey.
Mi yo de 7 años poco podía hacer contra los indicios del cambio climático en la zona noreste de México, pero aun así lo intenté, aunque eventualmente el calor y el sol terminaron por quemar al pobre bonsái.
Desde entonces no volví a tener uno hasta hace dos semanas.
Hay algo en la naturaleza del recuerdo y el olvido que me parece fascinante.
Estaba con una amiga recorriendo la sección de plantas y flores de un supermercado cuyo nombre no resulta particularmente relevante, cuando me encontré con el bonsái, en toda la perfección que la luminosidad fluorescente, la temperatura controlada por termostato y el ligero vaivén de los compradores puede dar.
Según el Ph.D. Chat Gepeté, la especie en cuestión se trata de un Chamaecyparis, también conocido como falsó ciprés), y según sus especificaciones, es una especie completamente de exterior.
Honestamente me encantaría poder creerlo. Pero, vamos a ver, un bonsái que lleva un considerable tiempo en la comodidad de una tienda departamental ya se acostumbró a la buena vida. There’s no way around it.
Como resultado, en calidad de cuidador de ese preciado Chamaecyparis, he optado por enseñarle a estar en interior. Y parece que nos llevamos bien.
A decir verdad, el bonsái me alegra el día cada que lo veo, y de cierta forma me hace recordar, por un lado, el día que lo compré, y por otro, aquel bonsái de cuando era niño.
Hay algo en la naturaleza del crecimiento y el olvido que me parece fascinante.
Días antes de que la pandemia comenzara, compré en una tienda que ya no existe, una Marimo, un alga redonda que tiene forma de bola y que no deja de suscitar todo tipo de miradas y preguntas cuando la saco de mi cuarto para maravillar a las visitas, cual padre que pide a su hijo que salga de su cuarto para que las visitas vean a la persona que ha crecido y que naturalmente resulta irreconocible.
La cosa es que conseguí esa marimo el último día ‘normal’ antes de la cuarentena, para mi se ha convertido en un souvenir de un mundo que ya no existe, y de cierta forma, es ahora si, un legado viviente.
Porque una curiosidad de las marimo es que crecen aproximadamente… un milímetro… al año. Lo que en palabras más sencillas significa que la persona que la verá en su tamaño más grande, ni siquiera sabrá como se vio cuando más pequeña. La magia del crecimiento y el olvido.
Hay algo en la naturaleza de un bonsái y un alga que me parece fascinante.
El bonsái requiere de cuidados especiales, está ahí, pequeño, indefenso, en una maceta demasiado pequeña, pero de la que no puede salir porque su meta en la vida es quedarse pequeño. El alga, por otro lado, está ahí, sumergida en el agua, en necesidad de que se le de vuelta todos los días con un palito para que simule las corrientes volcánicas en las que evolucionó y no pierda su forma esférica.
La vida, la existencia, muchas veces depende de factores ajenos a nosotros. Pero aun así vivimos. El bonsái sigue extendiendo sus ramas, porque para él no importa que haya arboles más grandes, el crece a su ritmo, y el tamaño que llegue a alcanzar es honorable porque es su tamaño, en esa maceta, en esa tienda departamental.
El alga seguirá creciendo, un milímetro al año, o lo que es, 2.74 micrómetros al día. (Un micrómetro son 1000 milímetros). Y, aun así, si no hubiera alguien que le de vuelta, eventualmente perdería su forma, y puede que siga creciendo, siempre y cuando tenga agua, ¿pero de verdad es su objetivo? ¿De verdad pasó una centena de años moviéndose en aguas volcánicas, doblándose sobre si misma hasta alcanzar esa forma, solo para que por un descuido de semanas pueda perderlo?
Y aun así lo hace.
Hay algo poético en la naturaleza de la fragilidad de la vida y su sentido que me parece fascinante.
A reveure.


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