La memoria arde

The Wednesday Review, Semana 4, Volumen 1

Ilustración de luzes.telar para The Wednesday Review

El sábado por la noche me encontraba en una cena cuando a mi celular llegó la notificación de última hora de que la mezquita-catedral de Córdoba estaba sufriendo un incendio. Ahí sentí esa extraña sensación de saber que algo malo está pasando y de cierta forma no puedes hacer mucho, por no decir nada.

La mezquita-catedral de Córdoba es uno de esos lugares que te roban el aliento y hacen que el tiempo parezca detenerse. E incluso diría que toda Córdoba lo hace, es una ciudad espectacular.

Mi viaje a Córdoba fue de solo un día, y con eso bastó para dejar una huella en mí que me hace pensar en ella cada día o dos. Las amistades, los recuerdos, el clima; Córdoba tiene algo para todos.

Pensar en el viaje a Córdoba, como pensar en muchas de las otras experiencias que he tenido en este año me resulta complicado. Son memorias agradables, amenas, pero tienen un contenido secreto (como las galletas ‘saludables’ que contienen jarabe de alta fructosa): son altamente nostálgicas.

No estoy yo por la labor de ser una de esas personas que, si un edificio se quema, salen a publicar “uf, que suerte, que yo estuve ahí hace 10 años”, sino que hablar del incendio de la mezquita-catedral me hace pensar en el hecho del valor que tienen los lugares para nuestras vidas e identidad como personas.

Cruzar el puente y ver la mezquita-catedral de Córdoba será una de esas impresiones que jamás olvidaré. Su majestuosidad parece esconderse entre las calles hasta que das vuelta en una esquina y simplemente está ahí, dejándote sin palabras, siendo un legado de los siglos.

Cruzar el Atlántico y llegar a una nueva vida, aunque fuese temporal, será una de esas experiencias que jamás olvidaré. Al estar de regreso, muchas veces me he detenido a pensar, así sin más, “¿de verdad pasó?”, “¿de verdad estuve ahí?”.

El problema con la memoria es que tiene una frontera muy relajada con la imaginación, y otra aún más con los sueños.

Me atrevería a decir que me he vuelto una persona crónicamente nostálgica, que busca ecos de otros tiempos, y que busca siempre una forma de garantizar, o comprobar, que las cosas en realidad pasaron. La lucha contra el olvido es como la lucha contra un incendio.

El asunto con la mezquita-catedral puede que sea lo que Notre Dame para otros. Ver incendiarse a un sitio tan histórico habla más de la pérdida que del accidente. Es verse ir algo que jamás volverá. Se podrá reconstruir, pero la memoria no.

Uno no puede reconstruir sus recuerdos, ni sus experiencias, están lo que están, y parece que caemos en un circulo sin fin en el que es necesario recordar para no olvidar, en hacer una labor para preservar todas aquellas experiencias que consideramos importantes para nosotros.

Sí, bien se dice que ‘lo vivido no te lo quita nadie’, pero a veces cuesta creer que las cosas pasaron en realidad, a veces cuesta creer que esas columnas llevan ahí más de 1200 años, a veces es fácil olvidar lo extraordinario que es decir haber vivido algo.

En Nine Perfect Strangers, Nicole Kidman hace un monólogo en el que dice que el miedo a la muerte no es más que el miedo al remordimiento de las cosas que se dejan por hacer o que nunca se hicieron, aunque se quisiera. Me pregunto si la pérdida de la historia no es precisamente eso, más que el edificio en sí, el remordimiento de que se pudo haber hecho más para preservarlo, para difundirlo, para cuidarlo.

Caer en el olvido es perder el patrimonio de uno mismo, y a veces la nostalgia no es más que las ganas de haber estado más en ese momento, de querer poder recordarlo todo, hasta el más mínimo detalle, desde la figura más alta de la catedral, hasta el número de columnas, el silencio, la oscuridad, el mensaje por megafonía que indica que por favor se guarde silencio porque se está en un lugar religioso. Puede que el verdadero legado de esos lugares sean las memorias que todos llevan de ellos.

Georgia O’Keeffe, al hablar de Nueva York, dijo que ella no pintaba Nueva York como se veía, sino como se sentía, y me parece que esto es algo que se puede extrapolar a infinidad de sitios. ¿Qué hace de diferente un río milenario contra una construcción milenaria? El cómo se siente.

Los ríos son más viejos que las catedrales, a veces las montañas más viejas que los ríos, pero me parece que la clave está en la memoria. Las historias que se juntan, la importancia de un lugar que se aprende ya sea por tradición o por serendipia.

Creo que no valoré tanto mi visita a la mezquita-catedral hasta que volví, hasta que estuve lejos, hasta que todas las memorias resurgieron al tiempo que veía el estresante video del incendio.

La mezquita-catedral ya está en restauración, Notre Dame ya fue reinaugurada, pero las memorias no tienen medio de preservación, excepto revivirlas, una y otra vez, en la espera de que jamás tengamos que salvarlas del olvido.

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