The Wednesday Review, Semana 10, Volumen 1

Amo los libros de cocina y los de estilo de vida, pero en especial, amo esos que hablan sobre cómo ser un buen anfitrión: cómo servir las bebidas, cómo disponerlas en la mesa, hacer combinaciones entre los manteles y los platos, qué servir y cuándo hacerlo. No sé, algo hay ahí que me fascina.
Aparte los nombres tienen su encanto, como uno que está en mi lista de deseos desde hace bastante, que es “Simply Divine” de Lisa Vanderpump, o hay otro que literalmente se llama “El arte de la visita” de Kathy Bertone.
Tristemente el español no tiene un verbo para el ‘ser anfitrión’, como en el inglés que está “hosting”. (si bien esta “acoger”, pero me suena muy humanitario, y el de “recibir” pero recibir es muy ambiguo).
A mi parecer, el hosting es de esos encantos del viejo mundo que poco a poco se pierden por el hecho de que se le subestima como algo muy simple o que no tiene ciencia, así como la etiqueta en la mesa o los manuales de civilidad. Sin embargo, creo que tiene su gracia hacerlo para uno mismo, y eso lo descubrí de manera accidental un domingo en el que el mundo parecía ser eterno.
Todo comenzó un domingo que me encontraba caminando por la avenida Juan Carlos I de Badajoz, cuando, intentando huir del calor, entré a un Carrefour Express.
Uno de los placeres más grandes de la vida lo descubrí en España y se llama Fuet, y el del Carrefour es particularmente bueno.
Sin dudarlo me dirigí a la sección de charcutería, y de repente pensé, “¿No sería divertido… si acaso yo…?” y antes de que terminara de pensarlo, ya estaba buscando un queso y un vino.
Mi mejor recomendación para adentrarse al vino español es empezar por uno de La Rioja, y más si va a ser acompañado con un queso madurado, si es de oveja qué mejor.
Dejando de lado mis humildes aspiraciones enólogas, llegué a casa y serví de la manera más mona que pude el fuet, con el queso cortado en rebanadas triangulares, un pequeño tazón (cuyo nombre científico es ‘Ramequín’) con nueces de la india, que en España se llaman ‘anacardos’ por algún motivo (pero que no deja de parecerme una palabra hermosa) y un vino de La Rioja.
Después, puesto en mi mejor atuendo de domingo, que rosa en algo entre el desconcierto y el Discreto Encanto de la Burguesía de Buñuel, subí a la terraza y me senté, dejando pasar el tiempo.
Con la Catedral de Badajoz enfrente, y Madonna cantando su ‘Candy Perfume Girl’, todo parecía ser plan de una velada que solo pudo estar planeada por un anfitrión. That’s me.
El arte de ser anfitrión para uno mismo consiste en escoger como si uno fuera a recibir visitas, pero es que en realidad estás con la visita más importante: tú.
Creo que en ocasiones hay un estigma con respecto a la soledad, cómo si hacer cosas solos, o peor aún, ¡disfrutarlas! Fuera el peor de los atrevimientos.
El mundo actual está hiperconectado, las veladas se pasan más hablando con el celular que con un mantel manchado de buena plática y experiencias, y es la constante comparación la que luego nos hace sentir que no hay una razón para seguir nuestros deseos.
A veces solemos posponer las cosas; dejar nuestras mejores prendas para un día especial, posponer comprar una comida que nos gusta para otro día que la ocasión lo amerite. Me parece que el mejor día para consentirnos es hoy.
John Lennon, en su canción de ‘Beautiful Boy’ dice que la vida es lo que pasa mientras uno está ocupado haciendo otros planes.
A veces el mayor favor que nos podemos hacer es ser anfitriones para nosotros mismos: Darnos ese espacio cómodo para que prosperemos, encontrarnos a las personas adecuadas, no solo para hablar, sino para construir proyectos en conjuntos, asegurarnos que pasamos un buen tiempo en esta vida, y claro, abrir el vino en el momento justo.
A reveure.


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