El arte como constelación.

The Wednesday Review, Semana 13, Volumen 1

Ilustración de luzes.telar para The Wednesday Review.

Siempre me ha fascinado el espacio. Algo en la infinidad del universo, el brillo de las estrellas, o la incesante variación de las nebulosas. El hecho de que existan tantos tipos de cuerpos celestes, agrupados en tantas formas, una constelación tras otra.

La belleza del espacio consiste en un orden del caos, o más bien, un orden dentro del caos. Curiosamente siempre es el humano el que ha creado las constelaciones, fungiendo como una especie de curador galáctico, viendo que estrella va con cual, y formando líneas, hallando formas, poniendo color y asignándole un tema.

No muy diferente es la labor del artista, cada pieza siendo una estrella, y él mismo una estrella también. El lienzo blanco es un hoyo negro por sí solo. Lo absorbe todo: la energía, la visión, los materiales, el tema. Nada importa estando frente a él. Solo una visión. Basta con eso para adentrarse y salir al otro lado.

Nadie sabe que hay del otro lado, o si quiera si se puede salir de un hoyo negro, pero ahí la ventaja de ser artistas y no astronautas.

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Hallar un orden en medio del caos, algo que le de sentido a todo, pinceladas, martillazos, golpes incluso, como en el trabajo de Fabio Lazcano, quien mezcla su pasión con el boxeo con su otra pasión que es pintar. Del golpe entre estas dos fuerzas nacen sus obras, que encarnan el movimiento y la expresividad.

Un lienzo en blanco puede ser el catalizador de todo. Una puerta a otros mundos, y lo más interesante es que muchas veces estos mundos son internos.

“Hay que tener un amor al conocer tanto lo que pasa en el cosmos como lo que pasa en nuestras células”, dijo Rodrigo Rivero Lake, gran historiador y coleccionista de antigüedades, cuya curiosidad lo ha llevado a recorrer el mundo y escribir varios libros, entre ellos sobre el arte Namban en el México virreinal.

Conocer arriba, y conocer abajo. Conocer dentro y conocer fuera. Una gran necesidad de conocer es la que mueve al mundo artístico, la misma que hizo que Leonora Carrington fuera a Francia, y la misma que hizo que todos nos acercáramos a Elisa Queijeiro cuando el micrófono de repente perdió volumen y la conferencia perdió la distancia para transformarse en un diálogo, me atrevería a pensar que fue una jugada de la misma Leonora Carrington, la protagonista de la conferencia guiada por Queijeiro, quien ya había avisado al inicio: “A Leonora no le gustaba que explicasen sus obras”.

No hay presagios ni coincidencias cuando se habla de arte. Cada imprevisto, o cada fuerza sobrenatural, por más natural que termine siendo, es aprovechada por un artista que sabe hacer lo que hace.

Ejemplo de esto es la pieza de Héctor Maldonado, quien el mismo llama “una colaboración con la madre naturaleza”. Pintura que forma parte de una serie realizada bajo la lluvia, mezclando la pintura, plasmándola en el lienzo y dejando al mismo tiempo que el agua la llevara y la moviera. El artista propone el medio y la naturaleza la forma.

En algún momento la naturaleza proponía el medio y una fuerza mayor la forma. Esto es aquí y esto es allá, la creación misma se convirtió en una constelación, una serie de destellos que fueron unidos por un ojo entrenado, que sabía lo que hacía.

Así nace la vida en la serie viajeros de Silvia Murillo, en la que sus personajes navegan espacios, con sus mochilas y su andar sobre el tiempo, reflejo de la vida que avanza y no regresa; o la expresividad abstracta de Verónica Ximénez, manejando el color y la forma.

Color y forma, polvos y estrellas, luces y calores, el espacio que uno plasma no es más que una extensión de uno mismo, así como nosotros no dejamos de ser una extensión del universo, o incluso como habría de decir Alan Watts, si queremos entrar en un plano más metafísico, “somos el universo experimentándose a sí mismo”.

¿Qué tamaño tiene el universo? ¿Qué tan grande es la creatividad? ¿Si toda la creatividad tuviera que meterse en una forma, cuál sería?

Para Ichwan Noor la respuesta sería fácil, un Volkswagen comprimido en una esfera; para Gustavo Vélez, serían formas abstractas de una gran monumentalidad. Para Daniel Serna, la forma de uno de sus ‘monos’ tan carismáticos, o para Verónica Lozano la experimentación de su pintura sobre un huevo de fibra de vidrio, figura simbólica de la abundancia, que busca transmitir al espectador por medio de sus piezas.

¿No es acaso el acto de crear la prueba de una abundancia más importante?

Crear exige tener una abundancia mental, estar conectado con tu ritmo y el del universo, saber entender lo que sientes y ponerlo ahí, ya sea en un lienzo, o el modelado de un bloque de mármol; a través de una cámara, como la de Pato Gómez Jonguitud, o una pirámide de gimnastas frente a un edificio neoclásico, obra de Valery Katsuba en HeartEgo Gallery, una de esas fotografías que uno piensa cada tanto.

La creación tiene muchas caras, como la de un líder nacionalista en el trabajo de Fabián Ugalde; la de la monarca británica para Julio Larraz, o la de personajes de caricatura, como la Pantera Rosa, en el caso de la obra de Karla de Lara.

A veces no hay caras, o a veces las caras las ponemos nosotros. No hay que olvidar que el segundo paso más importante en el proceso de crear es la admiración. Ver lo que se crea, ya sea por nosotros mismos o por alguien más, y abrirse a lo que vemos.

Permitir que las obras hablen con nosotros, o nosotros con ellas. Que llenen nuestra vida con su brillo, con su esencia, con su presencia. Hablar con un artista y ver su obra son de esas experiencias que me recuerdan nuestra propia humanidad y me hacen amarla, abrazarla, honrarla.

Ir a eventos artísticos me llena a un nivel más profundo, la feria ‘Constelación’ fue uno de esos, uno de esos eventos astronómicos que pasan cada cierto tiempo y cuyo impacto se marca en nuestra memoria. Con un poco de suerte tendremos constelaciones con más frecuencia. Pero mientras tanto, el brillo de ésta me seguirá por mucho tiempo.

A reveure.

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