The Wednesday Review, Semana 8, Volumen 1

Hace poco tiempo tuve la curiosa observación de que una de las características humanas más humanas (redundancia intencionada), así como el amor o el hambre, es la necesidad de ser entretenidos.
El entretenimiento ha estado presente en la vida humana desde tiempos lejanos y remotos, testimonio de esto es el famoso teatro griego o las epopeyas mesopotámicas. Parece ser que los humanos siempre hemos estado muy aburridos.
Si lo pensamos a fondo, hoy en día nuestras vidas están cargadas de ocupaciones que el ser humano primitivo no tenía, ni siquiera un ciudadano de alguna de las grandes civilizaciones.
Así como hoy en día nos resulta cómico pensar que los filósofos griegos llegaron a tantas verdades dado que no tenían mucho que hacer más que observar y pensar, la necesidad de hacer algo, por mera recreación, nació en el mismo contexto.
Un dato curioso que me resulta fascinante sobre los mexicas, y que muchas veces pasa por alto, es que eran una sociedad con tendencia a la ludopatía.
Cuando los españoles llegaron a tomar Tenochtitlán, se vieron sorprendidos por el Patolli, un juego de azar que practicaban los mexicas, en el que la adicción era tal, que incluso llegaban a apostarse a sí mismos, ofreciendo su esclavitud, a cambio de poder seguir jugando.
El juego, en el que tiraban un dado y movían fichas, estaba cargado de una importancia cultural y ritual que era capaz de reunir a muchas personas en las plazas a jugar.
No muy lejos de esto, tenemos el juego de la pelota de los mayas, o las olimpiadas de la antigua Grecia, que, si bien estos ya tienen un toque de competencia y honor, me resulta importante cuestionar ¿cuál era la necesidad real de hacerlo? Si no es que mera diversión, disfrazado de orgullo.
Las luchas de gladiadores en la antigua Roma para diversión del emperador, o el místico personaje del arlequín que hacía reír a las cortes medievales, el nacimiento del humorismo en la Francia prerrevolucionaria o la creación del cine como entretenimiento son ejemplos de esta evolución de la diversión.
Hay en este desarrollo algo que me parece muy curioso. Cuando los Lumiere inventaron el cinematógrafo, su primer instinto fue grabar la realidad. Trabajadores saliendo de una fábrica o un tren llegando a una estación, pero no pasaron muchos años para que llegase la primera obra de ficción, “La Hada de los Repollos” de Alice Guy, quien a su vez es una figura de gran importancia para el cine y que muchas veces se pasa por alto.
Lo mismo, pero en una ventana de tiempo mucho más grande, pasó con la literatura y la pintura. Las letras al principio eran un medio para dar a conocer información, dejar el registro de algo, pero eventualmente se usaron para relatar cosas ficticias, y de ahí tenemos las obras como la Ilíada o la Odisea, entreteniendo desde hace miles de años.
La pintura comenzó como el testimonio de la existencia humana en las cavernas, después un símbolo de poder religioso y político, pero eventualmente los artistas comenzaron a hacer lo que ellos querían, y la gente comenzó a ver lo que hacían por mero gusto, o, mejor dicho, entretenimiento.
Toda la recreación parece haber nacido de una insatisfacción con la realidad.
A veces cosas tan banales como jugar con un clip de papel en la oficina, o hacer dibujitos mientras hablamos por teléfono, recuerdan como nuestro cerebro, si bien es una computadora casi perfecta, aun así, tiene esta necesidad de hacer algo por mero ocio.
Se suele decir que el ocio es la madre de todos los vicios, pero me parece también que de muchas virtudes.
Los artistas necesitan tiempo para no hacer nada, los italianos tienen el famoso “dolce far niente”, en español “dulce hacer nada” y Remy de Gourmont decía que el ocio es “la más grande y bella conquista del hombre”.
Así que propongo que este miércoles sea uno que le dediquemos al ocio, aunque sea por 10 minutos, pero para honrar esta célebre, pero humana, necesidad de ser entretenidos.
A reveure.


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