The Wednesday Review, Semana 03, Volumen 2.
Siempre he sido una persona muy mala para recordar los cumpleaños, lo cual es bastante curioso dado que soy un ávido fanático de la historia, y una gran parte de la historia es, precisamente, recordar fechas y sucesos.
Para los historicistas resultará interesante saber que mis cumpleaños siempre los celebro con bombo y platillo, con el objetivo de algún día igualar las celebraciones por el jubileo de la Reina Isabel II.
Sin embargo, el motivo de escribir sobre mi cumpleaños en el TWR es porque hubo una idea que vi en la película de Jay Kelly y que de cierta forma no he dejado de pensar desde que la escuché por primera vez, y esa es: tenemos todas las edades dentro de nosotros.
La verdad es que el diálogo pasa desapercibido en la película, perdido dentro de toda la narrativa sobre la vida, el envejecimiento y qué hace uno con esto que llamamos vida, sin embargo, me parece bastante interesante porque me hace mucho sentido.
Cada que es mi cumpleaños, la mañana comienza con un desfile mental por todos los cumpleaños pasados, y me gusta reflexionar sobre cómo los he festejado y quienes me han acompañado año con año, lo que resulta en un viaje, como suele decir la expresión anglosajona, down memory lane.
Y es ahí donde la frase de Jay Kelly volvió a mi mente, al darme cuenta que al recordar estos años no me siento más pequeño, es como si uno viera su pasado con los ojos de su presente. Pienso en cuando tenía 12 años y al verlo no recuerdo a nadie como niño, y es que, al pensarlo, me parece que cuando uno es niño no dimensiona que lo es. Son cosas que solo cobran sentido con el paso del tiempo.
Una vez mi mamá me contó que cuando ella tenía 12 años, se sentía la mujer más grande del mundo, y la verdad es que pueda que yo también lo recuerde así. Una edad en la que piensas que ya no eres un niño, pero la realidad es que uno no está ni cerca de ser adulto tampoco.
Lo que hace esto peor es pensar que en 10 años pensaré lo mismo de mi yo actual, y así sucesivamente.
Es bastante divertido preguntar a ChatGPT (por motivos de eficiencia para escribir esta columna) qué opinaban los existencialistas sobre crecer, y la respuesta que parece resonar entre uno y otro es que crecer es hacerse responsable, de su existencia y de otras cosas.
Me parece bastante simbólico. Ya Ayn Rand decía que lo que diferenciaba a un humano del resto de animales era la decisión consciente de vivir, y para Sartre es su famosa frase de “estamos condenados a ser libres”.
Vivir implica elegir, hacerse cargo de lo que uno quiere hacer con su vida, y encontrar la manera de hacerlo funcionar. La palabra clave está en elegir.
Nunca podemos escapar de hacer elecciones, de ahí esa condena a ser libres.
Claro que hay veces que el entorno parece complicar las cosas, pero es importante no dejarse llevar por esa imagen, dado que igual cae en nosotros la cuestión de qué hacemos con eso que nos rodea. Puede que esté lloviendo, puede que haga calor, pero los días van a pasar de igual manera, con nuestra iniciativa o sin ella.
¿De dónde sale la experiencia? De vivir.
¿Cuánto tiene que vivir uno para decir que tiene experiencia? La verdad no sé.
La vida avanza, y la única forma de acercarse a cualquier tipo de sentido es avanzar con ella.
Hay gente que encuentra su vocación a los 70 años y otros que ya lo tienen todo resuelto desde los 16, y qué se le va a hacer si así es la vida.
Ahora es tarde si quisiera convertirme en un tenista profesional o cualquier tipo de deportista. Ya estoy entrando en la edad (que no pensé tener) en la que ves gente llevándose medallas en los olímpicos que son mucho más jóvenes que tú, y ahora hasta Emmys y Golden Globes también se llevan.
¿Cómo se supone que uno no sienta que el tiempo se le va?
A mi alrededor he visto personas que están entrando a las crisis de los 20, y me pregunto si yo entraré también ahí. Es como un efecto extraño, en que las preocupaciones de la gente comienzan a preocuparte a ti también, y para cuando te das cuenta ya están todos en la misma onda.
Hoy en día parece ser que hay una obsesión por lograr y conseguir todo lo que la vida tiene por ofrecer antes de los 25. El mundo está lleno de esas noticias “el medallista más joven”; “el actor más joven”; “multimillonario más joven”; ya hasta me parece que un día de estos tendremos “al papa más joven”.
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Este cumpleaños que pasé fue el cumpleaños más tranquilo que he tenido (a pesar de mis intentos por convertirlo en un programa estelar con danzantes tradicionales chinos y gimnastas rusos y una soprano rumana y también un perrito que haga acrobacias), y me parece que era lo que necesitaba.
En este mundo tan obsesionado con triunfar joven, y con mi propia presión de hacer cosas que valgan la pena, pasar un cumpleaños particularmente silencioso fue una bendición. Porque precisamente de eso se trata en realidad, no es quién es el joven más joven en abrir la bolsa de Nueva York, sino quien puede todavía disfrutar su edad.
He llegado a ver TikToks de niños que hablan de inversiones, y de criptomonedas, y es triste.
Lo que más me hizo ilusión este año es que me regalaran aviones a escala y la edición conmemorativa del Quijote.
Hace unos años mi mayor ilusión fue un pastel con el letrero de Las Vegas (y años después fue uno con el letrero de Beverly Hills).
El año pasado ni siquiera estuve en México para mi cumpleaños, mi primer cumpleaños sin desayunar chilaquiles #HardLife.
Pero me parece que el aprendizaje que tuve este cumpleaños es precisamente ese, estar en el presente.
Aceptarme y valorar mi camino.
No hay prisa. Ni para mí ni para ti.
Cada uno lleva su camino, su aprendizaje, sus experiencias. Y en realidad, a la única persona a la que le tienen que hacer sentido tus decisiones y tu forma de vivir es a ti, porque… Redoble de tambores… ¡tú eres quien lo está viviendo!
Y pues así.
Feliz cumpleaños a todos los acuarios. Nada más.



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